• Angela Larrubia

Lo único que no cambia... es el cambio.

Vaya paradoja: de lo poco seguro que hay en la vida es el cambio. ¿Lo entendemos? ¿Lo gestionamos correctamente?



¡Hola a todos!


Voy a permitirme comenzar con algo quizá obvio pero que, sorprendentemente, olvidamos constantemente: el cambio. El continuo cambio. El cambio es de las pocas cosas de las que podemos estar seguros en la vida, cambios grandes, pequeños, personales, profesionales… siempre van a estar ahí, constituyen la vida misma. No existen dos momentos iguales.


Esa sensación engañosa de que nuestra vida es más o menos estable, que continuará así… ¡Puf! Si nos paramos a pensarlo ¡qué fácil se nos rompe! Y entonces llega ese “luchar” instintivo para que las cosas permanezcan como están: “madrecita, madrecita que me quede como estoy”.

El cambio es de las pocas cosas que podemos estar seguros en la vida. Vaya paradoja.

Admitamos que no podemos detener nuestra vida y por tanto no podemos evitar los cambios, pero sí podemos gestionarlos de la mejor manera posible, “surfearlos” con inteligencia, con amabilidad y cuidado hacia nosotros mismos y hacia los demás. Esto implica, necesariamente, aceptarlos porque YA están aquí y tomarlos como punto de partida para continuar trabajando, creciendo, “floreciendo” gracias a ellos. Nada fácil ¿verdad?


Analicemos un poco como nos enfrentamos habitualmente a cualquiera de estos cambios en nuestra vida. Comenzamos ya en nuestra infancia con un cambio de clase, de colegio, de amigos… continuamos con esa nueva etapa universitaria o profesional, esa nueva vida fuera de casa, quizá una pareja, hijos, nietos… llegan quizá cambios físicos, problemas de salud, desde una torcedura de tobillo a una enfermedad más o menos grave. Cambios en el trabajo, la pérdida de un ser querido, una ruptura sentimental… Esto se convertiría en una lista interminable…. Es sencillamente LA VIDA.

No podemos evitar los cambios... pero podemos intentar "surfearlos" con inteligencia y amabilidad.

Nuestra reacción natural a los cambios bruscos y repentinos, que nos alteran esa estabilidad engañosa, es hacer una evaluación automática, inmediata y rápida: “NO ME GUSTA, NO QUIERO” 😊. Es decir, “esto que viene me aparta de esa continuidad cómoda, me perturba, me causa incertidumbre… ¿Cómo lo voy a manejar? ¿Voy a poder con ello?...”. Por eso, es fácil y humano desarrollar inmediatamente y, muchas veces de forma inconsciente, actitudes de resistencia. Hago todo lo que pueda para que aquello no suceda, e incluso cuando ya está aquí, me sigo resistiendo a aceptarlo, me enfado, me rebelo, no encuentro explicación.

Todo ello, viene acompañado de emociones que nos inundan y normalmente nos desbordan, miedo, incertidumbre, desconfianza, estrés y ansiedad ante las nuevas circunstancias… y además siempre añadiendo un sesgo negativo típico de los humanos: por ejemplo, con historias y pensamientos perfectamente elaborados y rumiados que nos ponen en lo peor.


De esta forma nos proyectamos a un futuro difícil y a veces catastrófico inducido por ese cambio o nos anclamos a un pasado previo al cambio que nos impide avanzar, adaptarnos, crecer, aprender, enriquecernos con la evolución constante que supone nuestra vida.

Si no asumimos los cambios, nos vemos en un futuro difícil o nos anclamos a un pasado que nos impide avanzar.

¿Por qué lo hacemos así? Sencillamente porque somos humanos y nos aferramos a eso que teníamos, a la tan mencionada zona de confort. Ese lugar donde nos sentimos seguros o al que ya nos hemos acostumbrado. Permanecer ahí es lo que menos esfuerzo y energía por nuestra parte demanda. Es una cuestión de economía de esfuerzo y de supervivencia.


Tenemos dos opciones: empeñarnos en continuar en ese tiempo, lugar, circunstancias… que creemos seguro, ese al que nos hemos anclado (pero que probablemente ya no existe) o aprender a aceptar y manejar de otra forma esa incertidumbre, esa reacción humana y automática de resistencia, esas emociones desagradables que acompañan y que son inevitables.


Ahora que nos detenemos a pensarlo, todo esto parece muy claro y nuestro sentido común nos dice lo fácil que debería ser afrontar los cambios de nuestra vida de forma abierta y constructiva, aceptando lo inevitable, pero trabajando para cambiar lo que es posible. Conscientes de nuestras reacciones de resistencia y de las emociones negativas que nos impiden avanzar con éxito. Cuidándonos y tratándonos con amabilidad cuando vienen tiempos difíciles y reconociendo cariñosamente nuestra vulnerabilidad y nuestros esfuerzos por avanzar. Pero cuánto cuesta ¿verdad? Quizá puedas detenerte unos momentos y darle una vuelta a todo esto, sería un buen inicio, ¿Cómo manejas tú los cambios?

Mejor aceptar lo inevitable y ser conscientes de nuestras posibles respuestas negativas que nos impiden avanzar. Mejor asumir de forma constructiva y abierta.

Al fin y al cabo, quizá se trate de permitir que la vida continúe, reconociendo que todo cambia y adaptándonos para sacar el mejor partido de las nuevas oportunidades que surgen incluso cuando nos parece que todo se desmorona. Como decía el neurólogo y filósofo Viktor Frankl: “Cuando ya no somos capaces de cambiar una situación, nos encontramos ante el desafío de cambiarnos a nosotros mismos.”


En mi experiencia personal, el mindfulness me ayuda en este proceso. Su práctica me acerca un poco más a ese reconocimiento de lo que hay en cada momento, de cómo todo cambia, de cómo reacciono a estos cambios, esas resistencias, emociones… me ayuda a conocerme. Y éste creo que es el punto de partida fundamental para seguir adelante. A veces funciona y a veces no, pero sigo intentándolo lo mejor que puedo y por el camino aprendo también a quererme más cuando más lo necesito.


Espero que quizá también pueda ayudarte y si no, seguro que podrás encontrar lo que a ti te sirve. ¡Animo!, ya me contarás.


¡Un abrazo y seguimos hablando!


Angela Larrubia Ansón - Mindfulness Vida y Salud

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